Carlos Gardel y el tango “Por una cabeza”

Carlos Gardel y el tango “Por una cabeza”

Por una cabeza es uno de los tangos más reconocidos de Gardel, siendo escrito por Alfredo Lepera en el año 1935. Fue grabado en la ciudad de Nueva York y la versión original es una de las piezas más hermosas que dejó como legado el sensacional cantor.El famoso tango por una cabeza es uno de los clásicos del extraordinario cantante Carlos Gardel, creado en el año 1935 por el escritor Alfredo Lepera al igual que otra gran cantidad de canciones.

Su letra hace referencia a las carreras de caballos y al fanatismo que se crea en torno a estas competencias y sus apuestas, vinculado también a las mujeres y a la vida.

La expresión “por una cabeza” es sumamente usada en la jerga hípica rioplatense, donde los caballos que terminan las carreras de modo reñido se dice que ganan por una cabeza o por más de una, siendo usada como medida de referencia.

 

Carlos Gardel

Uno de los misterios no resueltos en la vida de Carlos Gardel, es su verdadero origen. Existen dos teorías, una que sostiene que Carlos Gardel nació en Toulouse, el 11 de diciembre de 1890, y que era hijo de la francesa Berthe Gardes, con quien se crió en Buenos Aires. La otra sostiene que nació en Tacuarembó, el 11 de diciembre de 1887.Hay grandes controversias sobre el nacimiento de Carlos Gardel, el gran cantante argentino de tango.

Existen dos versiones sobre el origen de Carlos Gardel. La versión más extendida, afirma que nació en Toulouse, Francia, el 11 de diciembre de 1890, y que su nombre real era Charles Romuald Gardes, hijo de Berthe Gardes.

La otra versión sostiene que nació en Tacuarembó, Uruguay, el 11 de diciembre de 1887.

Lo cierto es que Carlos Gardel creció en Argentina, y obtuvo su nacionalización en 1923. Transcurrió su infancia en el Abasto, un barrio pobre de Buenos Aires, donde se ubica el mercado central de frutas y verduras.

La carrera de Carlos Gardel:

Carlos Gardel comienza su carrera como cantante a muy temprana edad, y es apodado el Morocho del Abasto. Posteriormente, el payador José Betinotti lo bautiza como El Zorzal Criollo. Otro de los apodos por los cuales se le conoce es el de El Mudo, por su voz excepcional.

Realiza sus estudios primarios en el Colegio Salesiano de Buenos Aires. En el año 1902, trabajó como tramoyista en el teatro La Victoria, donde conoce la ópera y la zarzuela.

En el año 1911, durante el duelo musical que sostuvo con José Razzano (El Oriental), surge el dúo que continuaría cantando por quince años.

Un hecho curioso ocurrió en 1915, cuando Carlos Gardel recibe un balazo a la salida de un salón de baile en el barrio La Recoleta. La bala se alojó en el pulmón izquierdo y no pudo ser extraída, por lo que la llevó toda su vida.

Realizó una gira musical por Uruguay, Brasil y España, con Razzano y la Compañía Rivera de Rosas, en el año 1923.

Cuando el dúo de Carlos Gardel y Razzano se separa, el segundo se convierte en empresario.

Gardel también incursionó en el cine, protagonizando varias películas para la Paramount, como “Luces de Buenos Aires”, “Melodía de arrabal”, entre otras.

Entre 1930-1933, permanece de gira por Europa y realiza varias películas. Regresando en 1933 a Buenos Aires, para una breve estadía antes de retornar a Europa y Estados Unidos.

En 1935, Carlos Gardel filma sus últimas películas: “El día que me quieras” y “Tango bar”. Luego de las cuales emprende una gira por Sudamérica, donde muere el 24 de junio de 1935, en un accidente aéreo en Medellín, Colombia.

El Tango y la Hípica Por una cabeza

Desde donde lo llevaran sus giras internacionales, Carlos Gardel se preocupaba del escolazo a los burros, una de las pasiones de su vida. Esto demuestra que ser tanguero e hípico es el modo de vida para el nostálgico del hombre netamente latino, preocupado inseparable de los cortes del azar y dueño de una profunda visión de la vida.Está Gardel en el hipódromo y dice: “Cuando dos caballos se trenzan en un final palpitante, cabeza a cabeza, mi dinero vuela… ¡Como siempre! Por una cabeza”. Luego rompe el boleto de apuesta y canta. Y es que la hípica en el tango, como en la escena de esta película, es el reflejo de una Argentina donde ir al hipódromo es un rito sagrado que reafirma la rudeza viril del compadraje grasa, instalado en la popular frente a la pista de los pingos. (¡Leguisamo solo! gritan los nenes de la popular.)
Al “zorzal criollo” le encantaban los caballos. Criado en los rinconcillos arrabaleros del Abasto y musicalmente en los show del café O’Rondemann, donde casi de purrete, entre guitarreos a dúo con su fiel pareja José Razzano -el Oriental del café El Pelado del barrio de Balvanera- comenzó su gusto en el fino deporte caballar, influenciado por el entorno de matonaje y turf de aquellos lejanos años 10. (“Eran otros hombres más hombre los nuestros…”)
Y es que criado entre “la barra rea de la eterna caravana, “el mudo”, “el morocho del Abasto”, “el mago” que entonara éxitos como, “Por una Cabeza”, “Palermo” y “Soy una Fiera”, fue con el tiempo un fanático que a lo largo de su vida ostentó 6 caballos Pur- sang de su propiedad y la amistad profunda con un jinete, Irineo Leguizamo.
Gardel, además de mostrar en carácter viviente y entrañable, al argentino azaroso, divertido pero trágico, rasgos claros en sus películas – las que construyeron parte de la imagen de exportación del primer galán auténticamente latino- puso en sus canciones una característica más grande, la de un pueblo: el engominado, jugador, aprontador y apostador de matungos, y que con una pinta rana, canta de la filosofía existencial profunda del sujeto jugador anónimo, que entre sombras, calles del “Arrabal Amargo”, hace un cariño musical a su dureza y desaliento:
“Carreras, guitarras, gofo, / quinielas y cabaret…/ Es el berretín más grande / que mientras viva tendré”, dice un tango. Otro, algo así: “Pa’ buscar al que no pierde / me atraganto con la verde / y me estudio el pedigré / y a pesar de la cartilla / largo yo en la ventanilla todo el laburo del mes”.
Es que la cercanía del deporte más glorioso y el gotán, aboga a la poesía de un estilo de vida que por definición íntima abraza al dos por cuatro con afirmaciones de virilidad y de ser, tan bellas como esta.
Y más que sólo afirmaciones referidas a la soledad del choro enraizadamente fundador del puerto, si no más bien, autenticas claves del ambiente urbano, en que un eje tan expresivo como el tango tiene una cabida diaria e íntimamente ligada con los reductos de diversión popular, y con el desahogo al trabajo duro del Sabalaje. (“Canción maleva / lamento de amargura / sonrisas de esperanza, sollozos de pasión”.)
Están los bares, el trasnoche “en la timba de la vida”, el cabaret y los caballos. Y es como se dice: cada tango es una historia triste que se baila, y en estas mismas está el transcurrir de un país, la melancolía de sus personajes: los apostadores, la barra vieja de los boliches a orillas del Plata o de “Aquella Cantina de la Rivera”, “La Mina del Ford”, la “flaca, tres cuartos de cogote”. Y también los otros, como “El Ventarrón”, el vividor y el burrero, y además el jinete, fanáticos todos del hipódromo.
Como se dijo, es famoso el caso de Leguisamo, a quien Carlitos conoció en 1920 y que por cariño apodaba “El Mono”. El montador de Lunático – caballo que Gardel compró en 1925, y que cuando iba a ver al hipódromo perdía la carrera-, le decía Romualdo al zorzal, su segundo nombre que él quería mantener en secreto. Según el Pulpo – otro apodo con que el cantante bautizara a su pequeño amigo corredor de glorias, debido a que parecía tener ocho brazos a la hora del galope- “no hubo nadie que cantara como Carlos” el tango escrito para él por Modesto Papavero. (“Leguizamo Solo” -1925-)
Dice esta letra escrita en honor al espécimen y al jockey: “Alzan las cintas; /parten los tungos /como saetas al viento veloz…/Detrás va el Pulpo, alta la testa / la mano experta y el ojo avizor. /Siguen corriendo; doblan el codo, / ya se acomoda, ya entra en acción…”.
Es en las mismas letras de tango donde se encuentran innumerables detalles, adornados con una cuota de lunfardo que viste el compás de la guitarra o “el eco funeral del bandoneón”, con el ritmo entrañable del argentino popular: “Los domingos me levanto /de apoliyar mal dormido /y a veces hasta me olvido /de morfar por las carreras. /Me cacho los embrocantes, /mi correspondiente habano, /y me pillo un automóvil,/ para llegar bien temprano”. De eso está hecho el tango. Y de eso también la hípica, de la melancolía y el azar, jugados en el galope que hace vibrar a la multitud en un final vertiginoso, donde los cuerpos se encuentran, ya sea cruzando la línea de meta, ya sea en una pista de baile.
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